Anhelamos ver un país transformado, y sabemos que los esfuerzos por hacerlo con una revolución económica, social o política, no tendrán el efecto que sí lo hará una revolución espiritual. Por eso nos esforzamos cada vez más por plantar a Cristo en el corazón de cada hombre y mujer, sabiendo que cada corazón es el terreno donde
debemos plantar la semilla de Jesús. Cada persona que esté bajo nuestro cielo es potencialmente un terreno para sembrar. Si está bajo nuestro cielo, nos eforzaremos por su salvación, que tanto costó al morir Jesús por ellos.